A Lamine Yamal se le exige algo que ningún joven de 19 años debería tener que demostrar constantemente: que merece pertenecer a España, Marruecos y Guinea Ecuatorial. Desde hace tiempo, su identidad, su religión, el origen de sus padres y hasta la manera en que su familia disfruta del éxito se han convertido en materia de debate público. Lo que debería ser la historia de un futbolista extraordinario acaba muchas veces contaminado por prejuicios, complejos, racismo y una envidia que cuesta cada vez más disimular.

Hay jugadores a los que se juzga por sus goles, sus asistencias, sus títulos o por lo que hacen durante noventa minutos sobre el césped. A Lamine, en cambio, se le juzga también por su apellido, por el país de origen de su padre, por el lugar donde nació su madre, por la religión que profesa, por las banderas que muestra y por cada movimiento de sus progenitores. Incluso el ascenso económico de su familia, algo perfectamente lógico teniendo en cuenta la dimensión deportiva y comercial que ha alcanzado, parece molestar a quienes consideran que la prosperidad ajena debe estar siempre bajo sospecha.

Lamine nació y creció en España. Su padre, Mounir Nasraoui, es de origen marroquí, mientras que su madre, Sheila Ebana, nació en Bata, Guinea Ecuatorial. Él representa internacionalmente a España, pero nunca ha tenido que esconder que su historia familiar cruza también el Mediterráneo y llega hasta África Central. No hay ninguna contradicción en ello. Se puede ser español sin borrar Marruecos de la historia familiar, representar a España sin renunciar a las raíces ecuatoguineanas de una madre y profesar la religión musulmana sin que eso reduzca un ápice el compromiso con la camiseta española.

Lo preocupante es que todavía existan personas incapaces de aceptar algo tan sencillo.

Demasiado africano para algunos españoles, demasiado español para otros

España celebra los goles de Lamine, admira su talento y lo considera una de sus grandes figuras deportivas. Sin embargo, determinados sectores siguen demostrando que su idea de lo que significa ser español es demasiado estrecha como para incluir con naturalidad a alguien que, además de haber nacido en el país, conserva con orgullo unas raíces africanas visibles.

El episodio del Santiago Bernabéu en octubre de 2024 fue una muestra clara de ello. Lamine Yamal y otros jugadores del Barcelona fueron objeto de insultos racistas durante el clásico. Los hechos fueron denunciados y generaron actuaciones del Real Madrid y de las autoridades. No se trató de rivalidad futbolística ni de un exceso de pasión en la grada. Fue racismo, y llamarlo de otra manera solo sirve para suavizar algo que no debería normalizarse.

En marzo de 2026 volvió a producirse una situación reveladora durante el España-Egipto disputado en el RCDE Stadium. Desde una parte de la grada se escuchó repetidamente un cántico contra los musulmanes mientras Lamine, que profesa esa religión, estaba jugando precisamente con España. La contradicción resulta evidente: se aplaude al futbolista cuando marca goles para la selección, pero algunos no tienen reparos en utilizar su propia religión como motivo de desprecio o burla.

El propio Lamine aclaró después que los cánticos no estaban dirigidos específicamente contra él, pero dejó claro que utilizar una religión para humillar a otros es intolerable. Meses después, durante el Mundial de 2026, RTVE Verifica documentó además contenidos manipulados y generados mediante inteligencia artificial que alimentaban mensajes racistas e islamófobos contra el futbolista.

Todo ello deja una sensación incómoda. Lamine puede vestir la camiseta española, representar al país al máximo nivel y convertirse en una de sus principales figuras deportivas, pero todavía hay personas dispuestas a recordarle que, para ellas, nunca será suficientemente español mientras conserve determinadas partes de su identidad.

Quizá el problema no esté en Lamine Yamal, sino en una determinada idea de España que sigue siendo demasiado pequeña para aceptar la España que ya existe.

Marruecos tampoco puede exigirle que elija entre su padre y su camiseta

Del lado marroquí aparece una contradicción diferente, pero igualmente injusta. Lamine pudo representar a Marruecos y decidió representar a España. Fue una decisión deportiva legítima, personal y perfectamente compatible con conservar el vínculo afectivo con las raíces de su padre.

Sin embargo, determinados sectores interpretaron aquella elección como una traición. No lo es. Un futbolista escoge una selección nacional, pero no escoge qué parte de su familia quiere más. Que Lamine juegue con España no elimina Marruecos de su historia, de la misma manera que mostrar símbolos vinculados a Marruecos no reduce automáticamente su compromiso deportivo con España.

Pretender lo contrario obliga a un joven de origen multicultural a entrar en una competición absurda para demostrar qué porcentaje de español, marroquí o africano lleva dentro. Si muestra una bandera marroquí, algunos españoles se incomodan. Si juega con España, algunos marroquíes lo consideran un desaire. Si guarda silencio, también se interpreta. Si habla, cada palabra se examina.

La identidad no debería funcionar así. Mucho menos cuando se trata de una persona cuya vida familiar, cultural y sentimental está construida precisamente sobre varias realidades al mismo tiempo.

En Guinea Ecuatorial tampoco debería existir un examen de pertenencia

La discusión también ha llegado a Guinea Ecuatorial, donde algunas personas cuestionan que Lamine pueda ser considerado ecuatoguineano porque nació en España, porque representa a la selección española o porque, según ellas, no habla suficientemente del país de origen de su madre.

Hasta Sheila Ebana se ha visto obligada a intervenir públicamente en esa conversación. La madre del futbolista, nacida en Bata, ha defendido que su hijo es ecuatoguineano y ha expresado su malestar ante quienes niegan esa parte de su identidad.

No debería ser necesario complicar algo que resulta bastante sencillo. La herencia de una madre forma parte de la historia de un hijo. Haber nacido en otro país no elimina automáticamente la procedencia de una familia ni obliga a nadie a demostrar constantemente su vínculo mediante declaraciones públicas, viajes, fotografías o banderas en redes sociales.

Sin embargo, algunos parecen querer imponer a Lamine una especie de examen permanente de ecuatoguineidad. Esperan determinadas palabras, determinados gestos y una presencia pública que encaje exactamente con la idea que ellos tienen de cómo debería comportarse alguien vinculado a Guinea Ecuatorial.

Eso no es identidad. Eso es exigir a otra persona que viva su origen de la manera que uno considera correcta.

Las raíces familiares no dependen de cuántas veces se publique una bandera en Instagram, TikTok o Facebook. Tampoco desaparecen porque alguien no hable constantemente de ellas. Lamine no tiene ninguna obligación de demostrar cada semana que lleva Guinea Ecuatorial en su historia familiar para satisfacer a quienes necesitan una prueba permanente.

Cuando ya no basta con atacar al jugador, se ataca a los padres

La presión no se ha quedado únicamente en Lamine. También ha alcanzado de lleno a Sheila Ebana y Mounir Nasraoui. Cada aparición del padre provoca comentarios, cada fotografía de la madre genera opiniones y cualquier viaje, celebración, prenda de vestir o evento puede terminar convertido en una prueba de que, según algunos, “el dinero les ha cambiado”.

Existe una vigilancia casi permanente sobre la familia, como si hubiese personas esperando el próximo error para tener algo que ridiculizar. No se analiza una conducta concreta, sino que se observa todo con una predisposición negativa.

Ahí conviene hablar de algo que muchas veces se intenta esconder detrás de la palabra crítica: la envidia.

Criticar es legítimo. Lamine puede equivocarse, su padre puede equivocarse y su madre también. Tener dinero no convierte a nadie en intocable ni hace correctas todas sus decisiones. Pero hay una diferencia muy grande entre cuestionar algo concreto y utilizar cualquier gesto de una familia como excusa para despreciarla.

Cuando absolutamente todo molesta, el problema probablemente ya no esté en lo que hace esa familia.

La cena de Sheila y la diferencia entre criticar y deformar

Un ejemplo claro es la conocida cena organizada en Londres alrededor de Sheila Ebana. Durante meses circuló la idea de que “la madre de Lamine cobra para que la gente cene con ella”, una frase repetida muchas veces sin contexto y utilizada para ridiculizarla.

La cena existió y fue un evento comercial organizado por JEN C Events. Incluía restauración, entretenimiento, DJ, recepción, oportunidades fotográficas, networking y diferentes categorías de entradas. Se puede considerar caro, extravagante o incluso innecesario. También se puede cuestionar que la notoriedad de ser la madre de Lamine Yamal se utilice comercialmente.

Todo eso entra dentro de la opinión legítima.

Lo que resulta mucho menos serio es eliminar deliberadamente todo el contexto para presentar la situación como si Sheila hubiera decidido simplemente sentarse frente a desconocidos y poner un precio a su presencia. Esa simplificación no busca informar, sino construir una caricatura.

Sheila tampoco está obligada a continuar viviendo como cuando su hijo todavía no era una estrella mundial para conservar la simpatía de quienes la observan desde fuera. Mounir Nasraoui tampoco debería tener que pedir perdón porque el éxito de su hijo haya cambiado radicalmente las condiciones económicas de la familia.

Existe una tendencia bastante reconocible a romantizar al humilde mientras continúa siendo humilde y a comenzar a despreciarlo cuando consigue escapar de esa realidad. Mientras sufre genera simpatía; cuando prospera empieza la vigilancia. Mientras no tiene, se le considera cercano; cuando puede permitirse lo que otros desean, aparece el discurso de que “se le ha subido el dinero a la cabeza”.

En muchas ocasiones, esa reacción dice más del observador que de la persona observada.

Prosperar no debería convertirse en motivo de sospecha

Lamine Yamal es una de las grandes estrellas del fútbol mundial. Su carrera deportiva, sus contratos y su enorme dimensión comercial han transformado económicamente a su familia. Era lógico que ocurriera.

¿Qué se esperaba exactamente? ¿Que después de alcanzar la élite siguieran comportándose como si nada hubiera cambiado? ¿Que ocultaran lo que tienen para evitar molestar a desconocidos? ¿Que pidieran perdón por haber prosperado?

En demasiadas ocasiones, detrás de algunas críticas no existe una preocupación ética real, sino simple incomodidad ante el éxito ajeno. Y cuando ese éxito pertenece a un joven nacido en un barrio humilde, hijo de un marroquí y una ecuatoguineana, negro, musulmán y convertido en una de las figuras más reconocibles del deporte internacional, aparecen además prejuicios que algunas sociedades todavía no han conseguido superar.

Ahí se mezclan racismo, xenofobia, clasismo, complejos identitarios y una dosis evidente de envidia.

Lamine no tiene que elegir entre España, Marruecos y Guinea Ecuatorial

España es el país donde Lamine nació, creció y al que representa deportivamente. Marruecos forma parte de la historia de su padre y Guinea Ecuatorial forma parte de la historia de su madre. Las tres realidades pueden convivir sin necesidad de convertirse en una guerra identitaria.

Millones de personas en el mundo tienen una identidad que atraviesa fronteras, culturas, religiones e historias familiares diferentes. Lamine simplemente representa esa realidad bajo una exposición mediática extraordinaria.

Quizá por eso genera tantas conversaciones y quizá también por eso incomoda a quienes todavía creen que toda persona debe caber dentro de una sola categoría. Pero el problema de esas personas no puede convertirse en una obligación para él.

A algunos ya les gustaría estar en su lugar

Entre quienes dedican horas a insultar a Lamine Yamal, ridiculizar a sus padres, cuestionar cada una de sus decisiones o negar alguna parte de sus raíces, existen determinados españoles, marroquíes y ecuatoguineanos que parecen proyectar sobre esta familia sus propios complejos, frustraciones y envidias.

Critican la vida del futbolista, el dinero de su padre, la exposición pública de su madre, sus viajes, sus celebraciones, sus raíces y hasta la manera en que cada miembro de la familia decide convivir con una realidad económica que hace pocos años ni siquiera podían imaginar.

Para algunos, Lamine es demasiado africano cuando interesa cuestionar su españolidad, demasiado español cuando conviene acusarle de haber dado la espalda a Marruecos y, al mismo tiempo, insuficientemente ecuatoguineano cuando no se comporta exactamente como determinados sectores esperan que lo haga.

Es imposible satisfacer semejante contradicción, y probablemente ni siquiera sea ese el verdadero objetivo de quienes lo atacan.

Cuando la raíz del problema es la envidia, ninguna explicación resulta suficiente.

A muchos de quienes hoy descargan odio desde una grada o desde la comodidad de una pantalla, aunque jamás quieran reconocerlo públicamente, ya les gustaría encontrarse en el lugar de Lamine Yamal. A otros ya les gustaría haber conseguido para sus familias la estabilidad económica que hoy disfrutan Mounir Nasraoui y Sheila Ebana.

No hay ninguna vergüenza en no ser millonario. La inmensa mayoría de la población mundial no lo es. Lo preocupante comienza cuando la frustración con la propia vida se convierte en la necesidad de despreciar a quien ha conseguido algo extraordinario.

Lamine Yamal y sus padres no necesitan ser perfectos, ni caer bien a todo el mundo, ni pedir disculpas por el lugar al que han llegado. La prosperidad de la familia está vinculada al éxito deportivo y comercial legítimo de uno de los futbolistas más importantes de su generación, y no existe base alguna para presentar ese patrimonio como resultado de haber tenido que robar a nadie.

Por eso, a determinados españoles, marroquíes y ecuatoguineanos que pasan demasiado tiempo descargando racismo, odio y envidia contra esta familia quizá les resultaría mucho más útil dedicar esa energía a sus propias vidas, trabajar por mejorarlas, cuidar de los suyos y perseguir sus propios objetivos.

Intentar empequeñecer a Lamine Yamal no hará más grande a nadie. Negarle alguna de sus raíces tampoco cambiará quién es, del mismo modo que insultar a su padre no reducirá lo que ha conseguido su familia y ridiculizar a su madre no borrará los sacrificios que realizó cuando su hijo todavía era un niño.

Tampoco lanzar racismo desde una grada o una red social convierte a nadie en mejor español, mejor marroquí o mejor ecuatoguineano. Lamine Yamal no tiene que justificar cada parte de su identidad ni demostrar a desconocidos que merece la vida que tiene.

Quizá quienes parecen incapaces de soportar su éxito deberían dejar de mirar tanto hacia él y empezar a mirar un poco más hacia sus propias vidas. Porque, al final, ese puede ser el verdadero problema: no lo que Lamine Yamal ha conseguido, sino lo mucho que incomoda a algunos comprobar que él y su familia han llegado tan lejos sin tener que pedirles permiso.

BNN ÁFRICA | Editorial