El fracaso de la selección de Guinea Ecuatorial en la última Copa de África celebrada en Marruecos no debe entenderse únicamente como una derrota deportiva, sino como una señal de alarma profunda que interpela a todo el sistema: a la federación, a los responsables políticos y, en general, al modelo de desarrollo del deporte en el país. No sumar un solo punto en la fase de grupos no es casualidad ni mala suerte; es la consecuencia directa de años de improvisación, ausencia de planificación y falta de una estructura sólida que sostenga el rendimiento competitivo.
Guinea Ecuatorial acude a una Copa de África sin una liga profesional real. En lugar de un campeonato estable, largo y exigente, se recurre a una liguilla corta que dura apenas unos meses, dejando a los futbolistas largos periodos en el dique seco, sin ritmo ni continuidad. En esas condiciones es imposible competir al nivel de países que cuentan con ligas estructuradas, calendarios completos y jugadores en constante exigencia. No se puede aspirar a resultados de élite con un simulacro de competición doméstica.
A esta debilidad se suma la excesiva dependencia de futbolistas que militan mayoritariamente en ligas menores de Europa. Aunque su compromiso con la selección es incuestionable, la realidad es que muchos llegan sin el nivel competitivo necesario para marcar diferencias en un torneo continental tan exigente como la Copa de África. Además, la selección se construye a trompicones, sin una base común, sin automatismos ni identidad colectiva, porque esos jugadores no compiten juntos de forma regular durante la temporada.
El problema es todavía más grave cuando se observa la inexistencia de canteras y de categorías inferiores sólidas, tanto en el fútbol masculino como en el femenino. No hay un sistema real de formación, detección y desarrollo del talento desde edades tempranas. La federación, que debería ser el pilar de ese proceso, no ha logrado establecer estructuras duraderas que garanticen el relevo generacional. Así, el país pretende competir en la élite africana sin cimientos, como el alumno que quiere obtener una ingeniería sin haber pasado por la universidad, o peor aún, sin que existan universidades donde formarse.
Sin embargo, este escenario no es irreversible. Guinea Ecuatorial aún está a tiempo de corregir el rumbo si convierte el golpe de Marruecos en un verdadero punto de inflexión. La prioridad debería ser clara: potenciar la educación y el deporte como ejes estratégicos del desarrollo nacional. Invertir en los equipos locales, profesionalizar la liga y convertirla en una competición larga, exigente y atractiva es un paso imprescindible.
En ese proceso, los jugadores ecuatoguineanos que hoy militan en ligas menores de Europa pueden y deben desempeñar un papel clave. Futbolistas como Machín, Ganet y otros con experiencia internacional podrían convertirse en líderes de equipos locales fuertes, siendo la imagen visible de esos clubes y elevando su nivel competitivo. Su presencia no solo mejoraría el rendimiento deportivo, sino que generaría identificación, ilusión y economía alrededor del fútbol local.
Con los estadios que ya existen en el país, se podría fomentar una verdadera cultura futbolística: entradas a precios accesibles para la población, gradas llenas, ambiente competitivo y sentimiento de pertenencia. Un fútbol local vivo genera empleo, movimiento económico y, sobre todo, un contexto en el que los jóvenes sueñan con formarse y crecer dentro del país, no únicamente fuera de él.
Pero todo esto debe ir acompañado, de forma obligatoria, por la creación de canteras en cada club y por una estructura seria de categorías inferiores de la selección. Sin formación de base no hay futuro. Sin una pirámide bien construida, la selección absoluta seguirá siendo un proyecto artificial, sostenido por parches y urgencias.
Para eso existe una federación: para planificar, estructurar y garantizar el futuro del fútbol nacional. Si no es capaz de crear ligas competitivas y categorías inferiores sólidas, su razón de ser queda seriamente cuestionada. Lo ocurrido en Marruecos debería ser un llamamiento a la reflexión y al “mea culpa” de los responsables, una oportunidad para sentarse, analizar con honestidad la situación y empezar a hacer lo que nunca debió posponerse: implementar una liga real, invertir en formación y dejar de fingir que existe un fútbol competitivo cuando en realidad solo hay una ilusión sostenida por la improvisación.
Solo así Guinea Ecuatorial podrá aspirar, con coherencia y dignidad, a competir de tú a tú en África y a construir una selección que sea el reflejo de un proyecto serio, sostenible y verdaderamente nacional.